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Donde el agua se transforma: la decisión que redefine el tratamiento en el rastro de San Miguel

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En San Miguel de Allende, el rastro municipal no solo procesa animales: también genera un tipo de agua residual que exige algo más que infraestructura básica. Entre restos orgánicos y descargas con sangre, el sistema de tratamiento enfrenta condiciones distintas a las de cualquier red urbana. Ahí, en ese punto donde lo sanitario se cruza con lo ambiental, el Ayuntamiento decidió cambiar el rumbo.


En sesión, se aprobó que SAPASMA asuma la administración y la inversión en la planta tratadora del rastro. La infraestructura seguirá siendo del municipio, pero su operación pasa a manos de un organismo especializado en agua.


El alcalde Mauricio Trejo explicó el sentido de la decisión con una lógica directa: “Se le da a SAPASMA el poder para administrar la planta y de invertir en la planta de tratamiento del rastro municipal”. No se trata de una concesión. “Por lo pronto es indefinido, pero sigue siendo propiedad del municipio”, precisó.


La medida se inserta en un proceso más amplio: ajustar quién hace qué dentro del gobierno local. “Todo está hecho para mejorarse. Los reglamentos, las leyes, la manera en que se administra un municipio se va perfeccionando todos los días”, dijo el edil.


En el fondo, el cambio apunta a una idea concreta: especialización. “Zapatero a tus zapatos. Creo que temas de agua y plantas de tratamiento deben de verse con SAPASMA”, sostuvo.
El organismo operador no solo tendrá la tarea de mantener la planta en funcionamiento, sino de intervenirla, modificarla y adaptarla a un flujo que no es convencional. La sangre —un componente que altera los procesos de tratamiento— obliga a pensar en soluciones específicas, en tecnología y en seguimiento constante.


También hay una dimensión presupuestal. “Se ejerce una justicia en presupuesto. El presupuesto de SAPASMA es para temas de agua, para generar infraestructura y campañas a favor del agua”, explicó el alcalde, al señalar que los recursos deben alinearse con su propósito.


San Miguel de Allende se define, en esta narrativa, como un territorio que aún conserva margen hídrico. “Somos un municipio que hoy por hoy tenemos agua para los siguientes 40 años”, afirmó. Pero esa proyección no es automática: depende de cómo se administre cada litro, incluso aquellos que pasan por un rastro.


En esa cadena invisible —del sacrificio al drenaje, del drenaje al tratamiento— la decisión del Ayuntamiento busca intervenir en el punto crítico: donde el agua deja de ser desecho y puede volver a integrarse al entorno. Aquí, el cambio no está en la propiedad, sino en la forma de operarla. Y en esa diferencia, se juega el futuro del recurso.