Mientras el gobierno intensifica redadas migratorias y despliega tropas en las calles, miles de familias viven con miedo. Las detenciones masivas han desatado una ola de protestas y un profundo clamor social por dignidad, justicia y humanidad.
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La madrugada del 6 de junio, Carmen Morales, trabajadora agrícola en Oxnard, California, se despidió de sus hijos con un beso y salió rumbo al campo. Horas después, su teléfono quedó en silencio. ICE había irrumpido en la finca. A sus 43 años, Carmen fue arrestada por presunta posesión de documentos falsos, un delito común entre migrantes sin acceso a regularización. Hoy sus hijos, de 12 y 16 años, viven con una vecina, esperando noticias.
Historias como la de Carmen se multiplican en todo Estados Unidos desde el inicio de la llamada Operación Safeguard, un operativo federal que intensificó las redadas en lugares de trabajo, centros comerciales y zonas agrícolas. Las detenciones se han llevado a cabo bajo la sombra de la “Laken Riley Act”, que permite a ICE actuar con mayor celeridad ante cualquier antecedente migratorio irregular.

“Nos están cazando como si fuéramos criminales. No somos una amenaza, somos parte de este país, lo hemos construido con nuestras manos”, expresó entre lágrimas Mateo Jiménez, jornalero guatemalteco que escapó por segundos de una redada en Home Depot, en el área de Los Ángeles.
El despliegue de miles de efectivos de la Guardia Nacional y marines —sin aprobación estatal— ha sido calificado como “una ocupación” por el gobernador de California, Gavin Newsom. La respuesta social no se ha hecho esperar: marchas pacíficas en más de 20 ciudades, toques de queda, y una ola de solidaridad que ha unido a iglesias, comunidades, artistas y defensores de derechos humanos.

Kim Kardashian, Pedro Pascal y Mark Ruffalo se sumaron a la condena pública: “Esto no es política migratoria. Es crueldad institucionalizada”, escribió Ruffalo en redes sociales.
En medio del caos, hay actos de humanidad que brillan: vecinos que esconden a niños cuyos padres fueron detenidos, maestros que envían comida a familias afectadas, abogados voluntarios que pasan noches enteras revisando casos.
“En esta guerra contra los migrantes, lo que más duele es que se olvidan de que somos personas”, dijo Rosa Vázquez, abuela mexicana, mientras sostenía una pancarta en San Francisco: “Aquí estoy. Aquí pertenezco”.
Las redadas continúan, pero también la resistencia. En cada rostro migrante hay una historia de lucha, y en cada esquina del país, una voz que grita: basta.











